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LOS COMIENZOS
Corría aproximadamente el año 1986 cuando empecé mi andadura en el mundo de la informática, un terreno que por aquel entonces estaba reservado a unos pocos curiosos y entusiastas. Los nombres que sonaban eran Amstrad, Sinclair Spectrum y MSX, máquinas que hoy nos parecen limitadas, pero que en su momento abrían la puerta a un universo completamente nuevo.
Mi primer ordenador fue un Spectravideo 728 MSX, y con él llegó algo más importante que la propia máquina: la posibilidad de crear. Hasta ese momento, mi experiencia se limitaba al código máquina en Z80 por mis estudios, algo mucho más árido y técnico. Sin embargo, descubrir el BASIC fue como encontrar un lenguaje con el que podía empezar a construir cosas casi de inmediato.
Aquello cambió por completo mi forma de ver la informática.
Aunque de vez en cuando caía alguna partida a los fantásticos juegos de Konami —que eran casi magia para la época—, la mayor parte del tiempo lo dedicaba a programar. No era solo una afición, era un reto constante. Si querías hacer algo, no había atajos: tenías que pensarlo, escribirlo línea a línea, equivocarte, revisar el código, encontrar el fallo (porque siempre lo había) y volver a empezar.
Ese proceso, que hoy podría parecer tedioso, era precisamente lo que lo hacía apasionante.
No existían tutoriales en vídeo, ni foros, ni respuestas instantáneas. Lo que aprendías venía de revistas, de probar cosas, de equivocarte muchas veces y, sobre todo, de tener paciencia. Cada pequeño avance era una victoria: conseguir que un sprite se moviera correctamente, que un bucle hiciera lo que esperabas o que un programa no se colgara tras ejecutarlo.
La pantalla del MSX no era solo un monitor; era un lienzo en blanco.

Con el tiempo, todas esas horas dieron sus frutos. Empecé a enviar algunos de mis programas a revistas especializadas de la época, algo bastante habitual entonces entre aficionados. Para mi sorpresa —y orgullo— llegaron a publicarme un par de ellos, además de colaborar con algunas pequeñas aportaciones en secciones como “Trucos del programador”. Ver tu código impreso en una revista era, en aquel momento, algo difícil de explicar: era una mezcla de satisfacción, validación y motivación para seguir aprendiendo.
Aquello reforzó aún más esa pasión que había empezado casi por casualidad.
Mirándolo con perspectiva, el MSX no fue solo mi primer ordenador. Fue la puerta de entrada a una forma de pensar, a una manera de resolver problemas y, en definitiva, a una vocación. Me enseñó que detrás de cada programa hay horas de trabajo, errores, pruebas y aprendizaje continuo.
Hoy, décadas después, todo ha cambiado de forma radical. La tecnología es infinitamente más potente, accesible y rápida. Pero, en el fondo, la esencia sigue siendo la misma: la curiosidad por entender cómo funcionan las cosas y el deseo de crear algo propio.
Y todo empezó ahí, frente a una pantalla azul y unas pocas líneas de BASIC.